- Soy yo... Mira siento llamarte tan tarde, pero la verdad es que me he perdido en mi propia cama y...
+ No digas más. Voy para allá.
Y sin pensarlo dos veces por si se arrepentía, cogió las llaves y cerró la puerta despacio para no despertar a nadie. Bajó las escaleras de dos en dos escalones, y una vez abajo en el portal paró un taxi. Iba con la cabeza apoyada en la ventana de cristal, viendo como las gotitas se deslizaban y haciendo apuestas consigo mismo por ver cuál llegaría primero. "Ya estás haciéndolo otra vez, inútil" pensaba mientras sacaba dinero del bolsillo de sus vaqueros desgastados para pagar al taxista. Se tomó unos 5 minutos respirando el aire húmedo de la noche sentado en el escalón del portal. Finalmente, se levantó decidido y pulsó el 2ºB. Nadie contestaba. Se escuchó el ruido de que alguien había pulsado el botón para que se pudiera abrir la puerta, y empujó. Esta vez, subía los escalones de uno a uno y tomándose su tiempo. Hasta que la vio. Sostenía la puerta con una mano y con la otra se quitaba los restos de rimmel que tenía por debajo de los ojos e iban formando líneas grises desiguales que salían de sus ojos color miel y acababan en el cuello, algunas, otras en los labios... Se acordó de las gotitas de la ventana del taxi. Una pequeña y tierna sonrisa invadió su cara. Corrió para abrazarla y esta no dudó en caer rendida en sus brazos, quizá por el sueño, o porque cuando la abrazaba parecía que todos y cada uno de los problemas de este mundo, decidían parar por un segundo y contemplar aquella imagen de un chico de 19 años que se había enamorado perdidamente de la sonrisa de una chica de 17, prometiéndose que no pararía hasta juntar cada pedacito del corazón de la joven, hasta fijarlo para poder volver a ver su sonrisa. No le importaba que ella, que ahora descansaba con la cabeza sobre su pecho mientras él jugaba con su rizado y negro pelo, la llamase a las 3 de la mañana un domingo, desesperada por encontrar un lugar donde hubiese un poco de tranquilidad. Y ambos sabían muy bien que esa tranquilidad la encontraban juntos. No le importaba que le contase una y otra vez cómo había sido, cómo la había dejado, cómo se había ido... Porque sabía que el amor no es justo, pero, ¿qué podía hacer él, que lo único que quería era sentir su presencia?, ¿qué podía hacer para limpiar esas lágrimas de su cara y hacer que no volvieran a salir?. Estar ahí. Y eso hacía... Porque el amor además de guerra, da paz. Y esa paz llegaría, los dos lo sabían.
"Quizá otro domingo..." pensó y acto seguido se quedó dormido.

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