Déjame decirte que pasaba el tiempo, un día llovía y al siguiente había sol, y yo no me enteraba, porque mi noción del tiempo se desvaneció con las últimas palabras que dijiste aquella tarde de hace ya bastante tiempo. Y fíjate qué inocente era que pretendía arreglarlo todo con un beso, como si llevara magia, como si fuera capaz de hacer que cambiaras de opinión, como si fuera capaz de devolvernos la ilusión, las ganas, la vida.
Déjame decirte, que daba vueltas en la cama, me enredaba entre las sábanas, me tapaba la cabeza con la almohada y no, no conseguía dejar de pensar.
Desesperaba y esperaba. Tú vivías, yo luchaba por sentirme viva. Y fue como haber estado en una especie de coma, inconsciente pero respirando, cuando desperté con un recuerdo nublado de todo lo que había pasado. Por suerte, recuperé el aliento y emprendí viaje hacia quién sabe dónde. Caminé y caminé. Había piedras en el camino, gente que me recordaba tu nombre... Tropezaba, pero no caía. Y me pillaste desprevenida, descansando de tanto andar en un viejo banco de madera. Aprendiendo a querer otra vez, buscando nuevos sueños. No seguiste caminando, sino que te sentaste a mi lado, y desde entonces que no sé si tiré todo el esfuerzo que hice por olvidarte, olvidar cómo era contigo.
Por olvidarnos. Desde entonces no sé lo que es blanco y lo que es negro, porque he conocido el gris. Y si me quedo callada, es porque tu tono de voz duele. Si no respondo, es porque espero que en vez de preguntas, me des respuestas.
Si no te miro, es porque me da miedo no encontrarte, o encontrarte y perderte.
Me da miedo, que a la mínima te desvanezcas como aquellas palabras que ya mencioné antes, por lo que prefiero el silencio a arriesgarme y decirte que sigo sin entender el porqué de tu forma tan agria de hablarme de vez en cuando.

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