Vivimos entre miradas que evitan encontrarse por miedo a recordar todo aquello que nunca llegamos a ser. El orgullo crece como las palpitaciones al sentir que estamos cerca, y se acomoda en nuestra cabeza despertando los pocos recuerdos de todas aquellas veces en las que me decías "te quiero" en la mitad de un beso, obligándolo a vestirse de odio. Y no, no hicimos, no hacemos ni haremos nada para remediarlo. Somos como marionetas manejadas por un sentimiento que se plantó sin llamar a la puerta un domingo de resaca. Éramos dos locos que callaban los insultos con besos, tapaban las lágrimas con sonrisas forzadas y se encadenaban a una realidad que ellos mismos generaban, por miedo a quedarse solos. Pero en los silencios vacíos después de cada discusión, nos mirabámos con ojos cansados y nos preguntábamos hasta dónde llegaríamos... Y llegamos lejos, demasiado lejos, pero no demasiado tarde.
Porque, "nunca es tarde". Aquella frase que me daba la mano para intentar ayudarme a levantarme cada día que pasábamos separados... Pero había más "no puedo" que "te quiero", y finalmente el fin llegó. Y ahora nuestros ojos ya no están cansados. Y sé que en cualquier momento no habrá más espacio para el odio, y será hora de hacer las maletas. Y entonces, un billete estará bien.
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